Blog mis cuentos

27. ago., 2016

EL CABALLERO DE LA ARMADURA DE HOJALATA

 

Es el año del señor de casi mil seiscientos, en el mes de las hojas caídas, en el día de los angustiados, debo primeramente de presentarme; mi nombre es Enrique del Ingenio II, escribano de profesión, hijo de enrique del Ingenio I, comerciante y próspero empresario.

Relato esta historia por encargo de Sir Augusto Tolomeo del Pelito; enano, bufón, acróbata, titiritero, actor de la corte real, cuidador de caballos y recientemente nombrado caballero de la corte real; trabajo por el que hemos convenido he de cobrar 05 monedas de oro , contantes y sonantes.

Debo de confesar que conocer a Sir Augusto Tolomeo ha sido el más grande honor y escribir su historia es la tarea más difícil que he emprendido en mis años de escribano, he aquí su historia.

Fue hace cuatro décadas en el año de mil quinientos y algo más, en el mes de la pisa de uvas, en el día de la esperanza, que el pequeño Tolomeo vería el mundo por primera vez, agitando sus pequeños y regordetes deditos , en una cuna de miniatura, en una pequeña casita detrás del jardín real.

“Tolomin ” como le diría su padre de cariño y como lo llamarían después en el reino, era hijo de Augusto del Pelito I, bufón de la corte real, un enano acróbata capaz de extraordinarias piruetas que hacían la delicia de los reyes y cortesanos.

Así crecería Tolomin, entre arlequines, acróbatas y malabaristas; aprendiendo de su padre y de los otros el difícil arte del entretenimiento; su especialidad sería más adelante las marionetas, que el mismo confeccionaba y con las que se hizo el preferido de los niños. También le gustaba actuar y confeccionaba sus propios disfraces para las obras teatrales de las que gustaban mucho los reyes y nobles de la época.

Acostumbrado a vivir entre la nobleza Tolomin era ajeno a la situación por la que atravesaba el reino; pero pronto habrían de cambiar las cosas, los tiempos difíciles habían llegado.

El rey acostumbrado a los lujos y el despilfarro, junto a una muy mala administración había llevado el reino a la ruina, tratando de remediarlo aumentaba el impuesto a los aldeanos; pero los mismos que venían de afrontar una larga sequía se hundían en la miseria y la desesperación.

En el reino se acabaron los lujos, no más obras teatrales, no más banquetes, se suspendieron los festivales y los bailes reales.

Pero era solo el principio; reinos vecinos también sufrían la crisis, algunos más poderosos aprovechaban la situación para ampliar sus dominios, invadiendo y saqueando los territorios cercanos.

Las malas noticias no tardaron en llegar, el reino más cercano había sido invadido, el ejército se preparaba para lo peor, todos en el reino ayudaban en distintas labores.

Tolomin y los suyos ayudaban cuidando y alimentando a los caballos, los herreros fundían más espadas y más lanzas, los artesanos, alfareros y campesinos en condición de combatir fueron reclutados; la guerra era inminente.

En el año del señor, de mil seiscientos y un poco, en el mes de las flores, en el día en que la gaviota anida,  partieron a la batalla cincuenta caballeros, un ejército de trescientos soldados y un rey a su cabecera.

La batalla fue muy breve, fueron superados ampliamente por un ejército más numeroso y mejor armado.

El sol se esconde en el ocaso con una estela naranja que parece teñirse de la sangre de los valientes.

Los ancianos, los niños y mujeres huyen en caravana, con ellos  algunos jovenzuelos, enfermos y algunos cortesanos entre ellos Tolomin y su familia. Partían buscando la  protección y cobijo de un reino cercano amigo.

Una pequeña caravana les da alcance, son lo que queda de la guardia real,  diez caballeros resguardando a su rey muy mal herido.

La luna llena ilumina el camino, en una carreta un rey herido de muerte, a caballo lo que queda de la guardia real  diez armaduras ensangrentadas, a pie llevando lo que pueden cargar lo que queda del pueblo, casi al final una pequeñísima carreta tirada por una mula enana, es Tolomin y los suyos.

Ya falta poco para llegar al reino cercano, hay rostros de alivio entre la gente, la noche ha sido larga.

Un vigía que iba a retaguardia llega presuroso atropellando, se dirige a los caballeros, se detienen, hablan en voz baja, se dirigen a la carreta del rey, uno a uno va saliendo con un rostro pétreo, firme, sereno, pero con desesperanza en la mirada.

 Una guarnición del ejército enemigo los había seguido y estaba a punto de darles alcance.

Los hombres que quedan se reúnen, entre ellos algunos con muchos otoños encima, otros que no tienen barba aun, unas mujeres jóvenes, pero entre ellos un pequeño brioso entusiasta resalta, subido en una roca; han tomado una decisión.

Los caballeros van a honrar su juramento, protegerán a su rey con sus vidas y junto a ellos un grupo de aldeanos se preparan para ser la última línea de defensa.

Es allí, en ese preciso momento que una pequeña silueta se acerca a mí; que en mi condición de escribano, hombre letrado y culto y como único testigo capaz de narrar los hechos, estaba siendo protegido.

Como narre en un inicio, convenimos un precio, me cuenta su historia brevemente, saca de su alforja unas monedas y se despide pidiéndome, que no se olvide a estos hombres ni lo que hicieron.

El rey enterado de este acto manda a llamar a esos valientes aldeanos, se incorpora con mucho esfuerzo, les pide den sus nombres en voz alta y uno a uno los nombra caballeros.

Sir Tolomeo del Pelito ha sacado un traje de su baúl, una armadura de caballero, una armadura de utilería, una armadura de hojalata.

Reluciente,  como siempre lucio´ en el escenario, va un enano montado en su pequeña mula, va a escribir su historia.

Desearía narrar que con esos corazones corajudos alcanzo´, que aquel brillo de esa armadura cegó los ojos de sus enemigos, que las espadas del enemigo no lo alcanzaron; pero lo ignoro.

Yo Enrique del Ingenio II, escribano de profesión dejo junto a este manuscrito cinco monedas de oro, que han de ser para la persona que lo encuentre, con la única condición que dé a conocer lo que en este se detalla.

Es el año del señor de mil seiscientos y algo más, en el mes que florecen los geranios, en el día de los santos olvidados.

Diez caballeros, unos aldeanos, un enano con armadura de hojalata y un escribano parten hoy a la batalla.

 

      FIN

Nota del autor:

 Amigo lector has de saber que ya hice uso de esas monedas,   y si quieres saber más de esta historia, solo te puedo decir que en esas tierras áridas donde se desarrolló esa batalla, crecen extrañamente en un claro unas hermosas flores amarillas.

Por Vladimir C.O.